Mario Benedetti
Poesías

Aquí puedes encontrar más cosas de Mario, no es que sean cosas que me gustan menos, simplemente fué una decisión de economía en el trabajo. Recominendo entre todo la lección de honradez que nos dio a todos los españoles en las páginas de "El País", pero sin dejar de visitar todo lo demás, porque ¿qué hubiese sido de mi vida si no hubiese leído "Rostro de vos" o el maravilloso "A la izquierda del roble" o el comprometido "¿Por qué cantamos?" o tantos otros que no figuran aquí y que deberían estar, como están estos...?

 

Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones
los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil
usted preguntará por qué cantamos
si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza
usted preguntará por qué cantamos
si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro
usted preguntará por qué cantamos cantamos
porque el río esta sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino
cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota
cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo, en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta
cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.

Táctica y estrategia

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves, ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de clama
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.


 

Si alguien me hubiera anunciado que mi artículo Lillian Hellman y otras conductas (El País de 9 de junio) iba a desencadenar reacciones en cadena que incluirían (véase Cuba, Preceptiva e información, de José Angel Valente, El País de 29 septiembre) un curso básico sobre el corte de caña y la posibilidad o imposibilidad de que mis manos hayan tenido callos, le habría respondido que derivaciones tan absurdas sólo ocurren en La cantante calva, de Ionesco. Reconozco que estaba equivocado: también pueden ocurrir en las polémicas, sobre todo cuando uno de los polemistas tiene como objetivo primordial la descalificación previa del adversario. Si no respondí antes al conocido poeta que acaba de incorporarse al afinado coro de mis contradictores, fue porque preferí esperar a que las sucesivas erratas sobre el nombre, la nacionalidad y profesión de Artigas llegaran por sí mismas a su escueta verdad. Ahora que por fin sabemos que nuestro héroe no se llamó Miguel, sino José Gervasio; que no era cubano, sino oriental, y que su profesión tenía más relación con las artes militares y políticas que con las literarias, ya es posible encarar las restantes erratas del artículo de marras. En esta nueva arremetida, el intento descalificador tiene dos matices: 1.¿Quién soy yo, apenas un "autor oriental, domiciliado en la corte" para amonestar al novelista español Juan Goytisolo, "a propósito de la inconveniencia de salirse del tema previamente impuesto" ? 2. Según Valente, yo habría faltado a la verdad cuando, en una carta privada de 1970, expliqué "cómo tenía callos en las manos a fuerza de cortar caña en el trabajo voluntario". Se refiere a Cuba, claro. Frente a la primera descalificación, sólo puedo decir que nunca consideré que el mero hecho de rectificar una información o de aportar otra nueva arriesgara ser interpretado como amonestación. Nada más lejos de mi ánimo que propinarle una lección a Juan Goytisolo. ¿Desde cuándo un escritor tercermundista, y para colmo sudaca, puede atreverse amonestar a un famoso novelista del Primer Mundo? Otro poeta español, Antonio Colinas, publicó un artículo: Presiones sobre el escritor comprometido (El País de 30 de septiembre), en el que comentaba otra de mis notas, y creo que sus observaciones no sólo eran pertinentes, sino que enriquecían evidentemente el tema. Pese a las diferencias por él marcadas, de ninguna manera considero que me haya amonestado; por el contrario, le agradezco la lúcida atención que prestó a mis opiniones. La segunda descalificación de Valente me parece casi surrealista, es muy fácil narrar, con deleite y con sorna, que una de mis compatriotas le leyó hace catorce años, en Ginebra, una carta en al que yo hablaba de mis cortes de caña en Cuba y de los callos de mis manos. El poeta Valente acota que no cree en mis callos; yo, en cambio, no creo en la existencia de esa presunta carta mía, traída a cuento nada más que como elemento descalificador, ya que no agregaba nada a lo que se discutía sobre Lezama o Casey. Jamás he escrito una carta de ese tenor, entre otras cosas, porque nunca he cortado caña, ni en Cuba ni en ninguna otra región del orbe. De modo que, poco amigo Valente, toda su lección, bastante amonestadora por cierto, sobre el arte del machetero no me sirve de nada, ya que si no corté caña cuando tenía cincuenta años, menos podría cortarla ahora, a mis asmáticos sesenta y cuatro. Así que, si usted encuentra algún papel o papelito en que yo afirme eso que usted tan burlonamente cita, le autorizo a que me propine sarcasmos aún más inclementes y burdos que los que ya se ha dignado a consagrarme. Ahora bien, que yo no haya cortado caña no significa que no haya cumplido, durante mi primera permanencia en Cuba (1968-1971), tareas agrícolas como forma de trabajo voluntario, en compañía de otros trabajadores de la Casa de las Américas. Por cierto, que también las han realizado durante años, y siguen realizándolas, cientos de brigadistas españoles, domiciliados en España y no en Ginebra. Entiendo que desde esa ciudad, tan civilizada y confortable, donde Valente residió desde 1958 a 1982, puede resultar extraño, o por lo menos sorprendente, que un escritor llegue a tener en sus manos callos que no sean los provocados por la pluma o el bolígrafo. Verdaderamente, no me quita el sueño que el poeta Valente no crea en mis modestos y prosaicos callos (en la fe de erratas debería constar que eran más bien ampollas), pero yo sí creo en ellas, ya que bastante me molestaron cuando me reintegré a mi trabajo normal en el Centro de Investigaciones Literarias (que dirigí desde 1968 a 1971) y quise escribir nuevamente a máquina, y créame, poco amigo Valente, que ese episodio (sólo duró dos meses), del que nunca me he jactado, no significa ninguna vergüenza en mi currículo. Quizá lo que la "distinguida señora oriental" (no puedo imaginar de quién se trata) leyó en 1970 no fuera una carta, sino un poema, titulado El surco, en el que si hago referencia al trabajo voluntario (no al corte de caña) en el campo cubano. No descarto que mi poesía fuera tan prosaica y tercermundista que a Valente le pareciera prosa, y en ese caso le pido tardías y retroactivas excusas por nuestro incorregible subdesarrollo. Quiero señalar que en ninguno de mis artículos mencioné ni ataqué a Valente, y además que no fui yo quien inicié el tema de Cuba. Siempre son otros los que lo proponen, en ejercicio de una obsesión casi incurable. Escriba sobre filatelia o sobre el Santo Padre, sobre el eclipse del Sol o sobre el gazpacho, siempre seré increpado sobre Cuba, ese mi irredimible pecado. Como bien recuerda Valente, soy uruguayo (u oriental), y me decepciona un poco que el autor de Tres lecciones de tinieblas, tan preocupado por escritores como Lezama o Casey, que nunca estuvieron en presión en su país de origen, no haya escrito ni una línea (ojalá alguien pueda rectificarme) por la libertad de escritores tan orientales como Mauricio Rosencof (dramaturgo) o Hiber Conteris (narrador y dramaturgo), que llevan varios años en las durísimas cárceles uruguayas. Pero quizá esas noticias no llegaban a Ginebra. Por cierto decoro profesional, que todavía queda en el Tercer Mundo, no voy a referirme al viejo chiste sobre Napoleón que exhuma Valente, pero sí quiero expresar mi esperanza de que la carta privada de la viuda de Lezama (correspondencia a la que , por supuesto, no he tenido acceso) sea un poco más verdadera que mi inexistente, nunca escrita misiva sobre el corte de caña. Que en la bibliografía de Lezama Lima no figuren libros publicados entre 1970 y su muerte, acaecida en 1976, no es después de todo tan extraño si se considera que Lezama trabajó hasta el final de su vida en su segunda y última novela, Oppiano Licario (publicada póstumamente en Cuba, en 1977) y que año y medio antes de su muerte escribía: "Continúo trabajando en mi otra novela, que será como la segunda parte de Paradiso. Se llamará La vuelta de Oppiano Licario". No necesito recordarle a hombre tan culto como Valente que siempre ha habido escritores de producción reposada. Si Juan Rulfo lleva casi treinta años sin publicar libros de narrativa, o si José Hierro hace veinte que no publica uno de poemas, creo qqueno corresponde culpar de esos silencios a los sucesivos Gobiernos de México o de España. El propio Lezama, en la época inmediatamente anterior a la revolución, estuvo cinco años sin publicar un libro, pero, claro, entonces gobernaba el demócrata Batista, con el entusiasta visto bueno del Departamento de Estado, y, en consecuencia, las libertades cubanas no eran motivo de preocupación por el Mundo Libre. Sobre Calvert Casey (que se suicidó en Roma en 1969, o sea, cuatro años después de salir de Cuba) Valente asegura que "éste llegó de Cuba irrevocablemente suicidado". Aquí habría, tal vez, que refutar a Valente con el verso del propio Valente: "Porque tú me has matado, dice el muerto". En realidad, a Valente sólo le falta afirmar que Casey no se suicidó en Cuba porque tenía miedo de que lo fusilaran. Pero ya que, según Valente, los suicidios tienen tan larga incubación, conviene recordar que Casey, aunque educado en Cuba, nación en Baltimore (Estados Unidos) y vivió largamente en este último país antes de regresar a Cuba en 1960. ¿No cabrá la posibilidad de que haya salido suicidado de Estado Unidos? Después de todo, un espíritu sensible puede sufrir incurables lesiones frente al trato que allí soportan negros, chicanos y ricans. Resumiendo: a mi completa bibliografía lezámica, a mi afirmación de que Casey no se suicidó en Cuba sino en Roma, a mi constancia de haber escrito yo mismo un trabajo elogioso sobre Lezama Lima, Valente me responde con chistes de Napoleón, una carta privada y otra inexistente, frases fantasmales y la diáfana teoría del suicidio incubado. Es probable que en el Primer Mundo sea correcto polemizar así, pero en el vilipendiado Tercer Mundo ese procedimiento sería reputado como poco serio. Por último, y para tranquilidad de mis replicantes del pasado, del presente y del futuro, quiero aclarar que éste será mi último artículo de El País, al menos por un cierto periodo. No puedo negar que la insistente referencia, directa o indirecta, ambigua o brutal, a mi condición de extranjero, me trae recuerdos bastante ingratos de mi propia historia, pretéritos que no quisiera ver repetidos. Cuando ese elemento descalificador comienza a infiltrarse en las polémicas, éstas siempre se tiñen de injusticia, y el "espécimen importado" (como me calificó no hace mucho otro intelectual hispano) llevará siempre las de perder. También confieso que este autocese me significa una dura decepción. Primero, porque siempre tuve la osadía de pensar que un latinoamericano no podía ser un extranjero en España, como no lo fueron en América Latina, y concretamente en mi país (manes de José Bergamín y Margarita Xirgu), los españoles durante su doloroso exilio de posguerra, y luego porque El País es una tribuna que aprecio y que jamás me ha censurado una sola línea. Lo que más lamento de mi decisión es que inevitablemente me alejaré de los lectores españoles, que, por distintos medios, tanto me han estimulado en estos dos años de actividad periodística. Creo, sin embargo, que podrán comprender que seguir, semana a semana, ocupando el espacio de El País para rectificar línea a línea los desajustes de información en que las sucesivas réplicas suelen basar sus tajantes afirmaciones es algo que a otros puede entretener, pero a mí me fatiga. De todas maneras, mis artículos seguirán apareciendo en diversos periódicos de América Latina, o sea, en países donde no soy espécimen importado. Es obvio que en el mundo intelectual europeo existe una lamentable incomprensión sobre América Latina. Lo que sucede del otro lado del Atlántico se mide con rigurosa mentalidad europea, y por eso los errores son tan imperdonables y profundos. Eso ocurre en la Europa no hispánica y nos duele, pero nos duele muchísimo más que también estén en esa actitud de intolerancia y cerrazón buena parte de los intelectuales españoles. España es parte primordial de nuestra historia, de nuestra tradición, de nuestra cultura, y los exiliados latinoamericanos nos sentimos conmovidos por la acogida y la actitud solidaria que nos demuestran a diario otros sectores del pueblo español. Palabras como sudaca o tercermundista, que tan frecuentemente aparecen en los medios de comunicación españoles con su inocultable cuota de menosprecio (todo lo chapucero, soez, delictivo o ineficaz que sucede en España es unánimemente calificado de tercermundista), jamás las he escuchado del ciudadano de a pie. Mi ya largo currículo de exiliado me ha ido enseñando que en ciertos medios intelectuales y periodísticos difícilmente de le tolera al extranjero (salvo que sea foreigner) que opine sobre la realidad nacional. Por eso en mis artículos nunca me he referido a los actuales problemas y actitudes políticas de España (sobre las cuales tengo, por supuesto, opinión formada), de modo que nadie me puede acusar de falta de respeto, intromisión indebida o temeridad de juicio. Pero ahora que connotados intelectuales españoles me han hecho comprender que después de todo soy un extranjero, y de segunda, veo que no alcanza con esa discreción. La discreción debe incluir el silencio, y a esa sutil sugerencia me atendré de hoy en adelante. Para aspirar a la tolerancia y aun al elogio debería adoptar una actitud de efusiva comprensión hacia Estados Unidos (Hiroshima y Granada incluidas) y sobre todo borrarme de la solidaridad con Cuba y Nicaragua. Y eso no estoy dispuesto a hacerlo. Cada uno tiene sus convicciones, sus normas y su ética; yo tengo las mías y a ellas me atengo. A esta altura, después de once años de exilio, deportaciones, amenazas, prohibiciones y excomuniones varias, no voy a renunciar a un mínimo derecho privado: vivir en paz conmigo mismo. Benedetti, El País (1984)
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
en el que uno puede sentirse árbol o prójimo
siempre y cuando se cumpla un requisito previo.
Que la ciudad exista tranquilamente lejos.
El secreto es apoyarse digamos en un tronco
y oír a través del aire que admite ruidos muertos
cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños
a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa.
Después de todo el sercreto es mirar hacia arriba
y ver cómo las nubes se disputan las copas
y ver cómo los nidos se disputan los pájaros.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ah pero las parejas que huyen al Botánico
ya desciendan de un taxi o bajen de una nube
hablan por lo común de temas importantes
y se miran fanáticamente a los ojos
como si el amor fuera un brevísimo túnel
y ellos se contemplaran por dentro de ese amor.
Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble
(también podría llamarlo almendro o araucaria
gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo)
hablan y por lo visto las palabras
se quedan conmovidas a mirarlos
ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero es lindísimo imaginar qué dicen
sobre todo si él muerde una ramita
y ella deja un zapato sobre el césped
sobre todo si él tiene los huesos tristes
y ella quiere sonreír pero no puede.
Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico
ayer llegó el otoño
el sol de otoño
y me sentí feliz
como hace mucho
qué linda estás
te quiero
en mi sueño
de noche
se escuchan las bocinas
el viento sobre el mar
y sin embargo aquello
también es el silencio
mirame así
te quiero
yo trabajo con ganas
hago números
fichas
discuto con cretinos
me distraigo y blasfemo
dame tu mano
ahora
ya lo sabés
te quiero
pienso a veces en Dios
bueno no tantas veces
no me gusta robar
su tiempo
y además está lejos
y vos estás a mi lado
ahora mismo estoy triste
estoy triste y te quiero
ya pasarán las horas
la calle como un río
los árboles que ayudan
el cielo
los amigos
y qué suerte
te quiero
hace mucho era niño
hace mucho y qué importa
el azar era simple
como entras en tus ojos
dejame entrar
te quiero
menos mal que te quiero.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero puede ocurrir que de pronto uno advierta
que en realidad se trata de algo más desolado
uno de esos amores de tántalo y azar
que Dios no admite porque tiene celos.

Fíjense que él acusa con ternura
y ella se apoya contra la corteza
fíjense que él va tildando recuerdos
y ella se consterna misteriosamente.
Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico
vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
sólo de a ratos parecía
que iba a vivir
que iba a vencernos
pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre
sin su futuro
sin su cielo
un niño muerto
sólo eso
maravilloso y condenado
quizá tuviera una sonrisa
como la tuya
dulce y honda
quizá tuviera un alma triste
como mi alma
poca cosa
quizá aprendiera con el tiempo
a desplegarse
a usar el mundo
pero los niños que así vienen
muertos de amor
muertos de miedo
tienen tan grande el corazón
que se destruyen sin saberlo
vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
y qué verdad dura y sin sombra
qué verdad fácil y que pena
yo imaginaba que era un niño
y era tan sólo un niño muerto
ahora qué queda
sólo queda
medir la fe y que recordemos
lo que pudimos haber sido
para él
que no pudo ser nuestro
qué más
acaso cuando llegue
un veintitrés de abril y abismo
vos donde estés
llevale flores
que yo también iré contigo.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
que sólo se despierta con la lluvia.
Ahora la última nube ha resuelto quedarse
y nos está mojando como a alegres mendigos.
El secreto está en correr con precauciones
a fin de no matar ningún escarabajo
y no pisar los hongos que aprovechan
para nacer desesperadamente.
Sin prevenciones me doy vuelta y siguen
aquellos dos a la izquierda del roble
eternos y escondidos en la lluvia
diciéndose quién sabe qué silencios.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico
aquí se quedan sólo los fantasmas.
Ustedes pueden irse.
Yo me quedo.

IMA SANCHÍS
Un verso para un solitario...

-¡Ay!, yo no sé versos de memoria, ni siquiera míos.

-Pues entonces una idea.

-A veces leer un libro entrañable ayuda a paliar la soledad, y a veces a que uno se hunda más en ella. Pero está bien intentar llegar al fondo de las cosas.

-¿Cuál ha sido ese libro en su caso?

-"En busca del tiempo perdido" de Proust. Aprendí francés para leerlo.

-Usted creció en una chabola con el tejado de zinc.

-Sí, mucha pobreza. Mi padre, que era químico farmacéutico, compró una farmacia a unos amigos que lo estafaron.

-¿Fue desgraciado?

-Los niños se acomodan a todo. No podía ir a la escuela y aprendí a leer solo. Cuando pude ir, a los 9 años, mi padre me llevó a un colegio alemán. Le fascinaba su rigor científico, pero me vio saludar con el brazo en alto y me sacó rápido.

-¿Y su madre cómo era?

-Un ama de casa sin estudios, espontánea y llena de energía. Cuando tuvimos problemas económicos hizo ropa para niños y cuando se acabaron hizo muñecos de trapo que regalaba a los pobres. Era muy diferente de mi padre, un universitario, instruido y contenido. Tal vez por eso no se llevaban bien.

-¿Eso le marcó?

-Fue uno de los problemas de mi infancia, las peleas. Pero yo tenía una relación muy afectuosa con uno y con otro.

-¿Qué le ha decepcionado en la vida?

-Los políticos. Si hay una frase hecha que tiene vigencia en mi niñez y en mi vejez es esa de que el poder corrompe.

-Resuma este siglo que se acaba.

-Progreso técnico y científico. Egoísmo y vergonzoso desarrollo de la injusticia social. La globalización política y económica está en boca de todos, pero nadie habla de la globalización de la hipocresía y de la frivolidad.

-Somos frívolos e hipócritas.

-No somos inocentes, nos dejamos impresionar por esas recetas mundiales. Pero los jóvenes son muy indefensos y absorben toda ese faramalla de violencia, de muerte, de asesinatos y en ellos está el futuro. Seamos responsables.

-Usted fue un hombre muy activo en política. Dirigió el movimiento 26 de Marzo.

-También eso me decepcionó. Si uno pertenece a un partido tiene que subirse a una tribuna y hablar, y de pronto me encontré defendiendo cosas en las que no creía.

-¿Ya no defiende el socialismo?

-Su esencia, sí. He seguido escribiendo de política, pero mi opinión, equivocada o no.

-Quizá somos demasiado individualistas.

-Si uno se enclaustra en el yo conspira contra las relaciones con los demás. Generosidad es abrirse a los otros y es una invitación a que los otros se abran a uno. La relación con el prójimo es la cura de la soledad.

-Su soledad ha inventado palabras.

-Eso lo aprendí de César Vallejo, quien cuando no encontraba una palabra se la inventaba y eso es bueno para los poetas.

-¿Y cuál es su palabra preferida?

-Probablemente amor, porque es mi sentimiento preferido.

-¿Y qué es el amor?

-La cumbre de las relaciones humanas.

-Nos pasamos la vida traicionándolo.

-Lo desvirtuamos, lo negamos, lo corrompemos. A menudo conspiramos contra nosotros mismos y contra la cuota de felicidad a la que tenemos derecho. Pero nunca hay que achacar la culpa a los demás, somos nosotros los culpables de ese deterioro del amor y por lo tanto de la felicidad.

-¿Felicidad?

-En mi novela "La tregua" uno de los personajes dice: "La gente pone la felicidad tan alto, tan alto, que la hace inalcanzable". Hay que intentar ser modesto con la felicidad.-¿Qué le ha hecho feliz?

-Por ejemplo mi relación de pareja, 53 años casado con la misma mujer.

-¿Suerte?

-Comprensión. Hay que ponerse en el pellejo del otro para tratar de ver hacia dónde quiere ir y si uno le puede acompañar.

-¿Estaban de acuerdo en todo?

-Mi mujer nunca compartió mis ideas políticas, pero me ha acompañado en todos los problemas graves: amenazas de muerte, exilios... No era solidaridad política sino humana. Y yo eso lo valoro mucho... Mucho.

-¿Ha pasado miedo?

-Claro, y ahora sé que lo más valioso del coraje es vencer el miedo.

-¿Qué causas ha defendido?

-La justicia en América Latina y la lucha contra el imperialismo norteamericano me ha llevado tiempo y páginas.

-¿Y se siente derrotado?

-Casi diría que la humanidad se siente derrotada. Pero estoy tranquilo con mi conciencia y eso es lo importante. En cambio, no creo que los vencedores estén muy tranquilos con su conciencia.

-Igual no tienen.

-A todos nos espera la conciencia con sus acusaciones.

-Fue usted taquígrafo, cajero, vendedor, librero, periodista, traductor y burócrata...

-En todas partes hay algo bueno. Burócrata lo fui muchos años y me ha dado tema para mi literatura.

-Déme una sensación...

-Uruguay es la única oficina del mundo que alcanzó la categoría de república. ¡Era tan importante que cada familia tuviera su funcionario público!

-Me recuerda la tristeza.

-La tristeza es la lluvia sobre un tejado de zinc.

Entrevista a Mario Benedetti en "La Vanguardia", 18 de octubre de 1999

El Pais, Jueves 15 octubre de 1998 - Nº 895 La persona Saramago
MARIO BENEDETTI>
La concesión del Nobel a José Saramago, para alegría de sus fieles lectores y
rabieta del Vaticano, por supuesto honra al escritor portugués, pero sobre
todo prestigia a la Academia Sueca y revela su actual independencia, ya que
premiar en este globalizado fin de siglo a un escritor confesadamente
comunista, no creo que la bienquiste con los turiferarios del poder. Pocos
días después de que el Papa beatificara a un personaje croata que colaboró
abiertamente con el fascismo, la hipócrita indignación del Vaticano ante el
último Nobel, mereció esta respuesta de Saramago: "El Vaticano se escandaliza
fácilmente por los demás y no por sus propios escándalos. Me gustaría que el
Vaticano me explicara qué es eso de ser un comunista recalcitrante. Quizá
quieren decir coherente. Yo sólo le digo al Vaticano que siga con sus
oraciones y deje a los demás en paz. Tengo un profundo respeto por los
creyentes pero no por la institución de la Iglesia. El cristianismo nos enseñó
a amarnos los unos a los otros. Yo no tengo la intención de amar a todo el
mundo, pero sí de respetar a todo el mundo".
La verdad es que el comunismo militante de Saramago nunca le ha asimilado al
llamado realismo socialista. Sus novelas son de un nivel y un rigor literarios
verdaderamente excepcionales. No sólo es un narrador original, sino que además
tiene el coraje de lanzarse a escribir sobre temas que no parecen los más
aptos para la literatura. Aparte de El año de la muerte de Ricardo Reis, esa
obra maestra que lo lanzó a la fama, sus dos últimas novelas, Ensayo sobre la
ceguera y Todos los nombres, indagan, no en las apariencias sino en las
esencias del ser humano. Estas obras fuera de serie son dos grandes metáforas,
dos insólitas ficciones, pero una vez instalado en ellas, el autor las maneja
con la misma naturalidad que si fueran relatos costumbristas. El lector
encuentra que lo estrafalario se le vuelve cotidiano, que lo paradójico se le
torna corriente, y eso es lo más perturbador, porque, entre otras cosas, ese
lector se vuelve ciego con todos los ciegos y recupera la visión junto con
ellos.
Sin embargo, el verdadero complemento de esta obra espléndida es José Saramago
como persona. Y confieso que a esa persona la admiro tanto como a su obra.
Tuve la suerte de conocerlo en 1987. Habíamos asistido a un Encuentro de
Escritores en Berlín y estuvimos cinco horas en el aeropuerto de Roma,
esperando la conexión con un vuelo que nos trajera a Madrid. Él estaba con su
mujer, Pilar del Río, una simpática andaluza, que con los años se convertiría
además en su mejor traductora. Cinco horas son suficientes para traer a
colación todos los temas del Universo y sus alrededores. No nos habíamos leído
mutuamente, así que, a instancias de Pilar, nos empezamos a "contar" nuestros
libros. Lo mejor fue que de ese encuentro casual nació una buena y firme
amistad, que tuvo una linda culminación cuando, al día siguiente del anuncio
del Nobel, me llamó desde el avión que lo conducía de Francfort a Madrid (yo
estaba todavía convaleciente de una operación) y pude así trasmitirle mi
fuerte abrazo aéreo.
Algo que admiro en Saramago es su coherencia y su valor para mantenerla.
Recuerdo que en 1992, en plena Exposición de Sevilla, dijo cosas como ésta:
"Existe la irresistible tentación de preguntarnos si los gigantescos imperios
industriales y financieros de hoy no estarán, como poder supranacional que
son, reduciendo la probabilidad democrática, que se encuentra hoy conservada
en sus formas, pero, si no me engaño, demasiado pervertida en su esencia".
Varios años después, cuando se presentó en Madrid la versión española de
Ensayo sobre la ceguera, Saramago expresó su polémica opinión sobre la
democracia, y que era más o menos así (no he guardado la cita textual): Es
cierto que, en democracia, los pueblos eligen a sus parlamentarios, a veces a
su presidente, pero luego esos gobernantes democráticamente elegidos, son
presionados, dirigidos, administrados, manipulados y virtualmente suplantados,
por grandes decididores supranacionales, tales como el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial o la Trilateral. "Y a éstos", preguntó
Saramago, "¿quién los elige?".
Y hace pocas horas, en la multitudinaria reunión de prensa que concedió en
Madrid tras la obtención del Nobel, recordó que un grupo social francamente
minoritario era el dueño de la aplastante mayoría del capital mundial. Y
concluyó: "Por eso este mundo es una mierda". Lo ovacionaron.
Que en la globalización de la hipocresía en que vivimos, cuando la felatio de
Monica Lewinsky ocupa más titulares de prensa que la crisis palestino-israelí,
el derrumbe de la bolsa nipona o la extensión del sida; cuando la
globalización de la frivolidad no sólo abarca a consumidores y consumidos,
sino también a políticos e intelectuales; que justo ahora surja un escritor
que no le hace ascos al compromiso y dice con toda claridad y sencillez su
decálogo de verdades, me parece un formidable acontecimiento. Para muchos
intelectuales que transitan con su pedestal a cuestas, y aportan su silencio
culposo para no malquistarse con el Big Brother, la actitud normal y sin
tapujos de Saramago es un directo a la conciencia. Nunca lo hemos visto hacer
concesiones para obtener premios o privilegios, y cuando en su país se topó
con la censura, prefirió exiliarse con Pilar en Lanzarote, donde viven
tranquilos con su perro Camoens y donde los nuevos libros han ido
eclosionando. Desde esa isla singular, viaja y atiende con oído faulkneriano
el sonido y la furia del mundo. Con su mejor solidaridad, se sumerge en
Chiapas. Trata (para arrechucho de la Iglesia) de humanizar al mismísimo
Jesús. Les recuerda a los jóvenes que si él hubiera muerto a los 60 años, no
habría escrito nada, y a sus 75 años agrega: "Quiero que los jóvenes sepan que
los viejos estamos aquí para trabajar". Y él trabaja. Novela tras novela.
Compromiso tras compromiso. "Toda mi obra es una meditación sobre el error",
dijo en 1990. Quizá por eso atraviesa la historia, la ceguera, la rutina, la
fe, como un conato de desfacer entuertos, y también de enmendarse a sí mismo
la plana. Con Nobel o sin Nobel, José Saramago es uno de los creadores más
notables que ha dado este siglo que nos deja, y no sólo de la desatendida
lengua portuguesa, sino de la universal lengua del hombre.

   

Cómo voy a creer / dijo el fulano
que el mundo se quedó sin utopías

cómo voy a creer
que la esperanza es un olvido
o que el placer una tristeza

cómo voy a creer / dijo el fulano
que el universo es una ruina
aunque lo sea
o que la muerte es el silencio
aunque lo sea

cómo voy a creer
que el horizonte es la frontera
que el mar es nadie
que la noche es nada

cómo voy a creer / dijo el fulano
que tu cuerpo / mengana
no es algo más de lo que palpo
o que tu amor
ese remoto amor que me destinas
no es el desnudo de tus ojos
la parsimonia de tus manos
cómo voy a creer / mengana austral
que sos tan sólo lo que miro
acaricio o penetro

cómo voy a creer / dijo el fulano
que la utopía ya no existe
si vos / mengana dulce
osada / eterna
si vos / sos mi utopía

¿Cómo compaginar
la aniquiladora
idea de la muerte
con este incontenible
afán de vida?

¿cómo acoplar el horror
ante la nada que vendrá
con la invasora alegría
del amor provisional
y verdadero?

¿cómo desactivar la lápida
con el sembradío?
¿la guadaña
con el clavel?

¿será que el hombre es eso?
¿esa batalla?