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Aquí puedes encontrar más cosas de Mario, no es que sean cosas que me gustan menos, simplemente fué una decisión de economía en el trabajo. Recominendo entre todo la lección de honradez que nos dio a todos los españoles en las páginas de "El País", pero sin dejar de visitar todo lo demás, porque ¿qué hubiese sido de mi vida si no hubiese leído "Rostro de vos" o el maravilloso "A la izquierda del roble" o el comprometido "¿Por qué cantamos?" o tantos otros que no figuran aquí y que deberían estar, como están estos...? |
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si el tiempo es una cueva de ladrones los aires ya no son los buenos aires la vida es nada más que un blanco móvil usted preguntará por qué cantamos si nuestros bravos quedan sin abrazo la patria se nos muere de tristeza y el corazón del hombre se hace añicos antes aún que explote la vergüenza usted preguntará por qué cantamos si estamos lejos como un horizonte si allá quedaron árboles y cielo si cada noche es siempre alguna ausencia y cada despertar un desencuentro usted preguntará por qué cantamos cantamos porque el río esta sonando y cuando suena el río / suena el río cantamos porque el cruel no tiene nombre y en cambio tiene nombre su destino cantamos porque el grito no es bastante y no es bastante el llanto ni la bronca cantamos porque creemos en la gente y porque venceremos la derrota cantamos porque el sol nos reconoce y porque el campo huele a primavera y porque en este tallo, en aquel fruto cada pregunta tiene su respuesta cantamos porque llueve sobre el surco y somos militantes de la vida y porque no podemos ni queremos dejar que la canción se haga ceniza. |
No te quedes inmóvil
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Si alguien me hubiera anunciado que mi artículo Lillian
Hellman y otras conductas (El País de 9 de junio) iba a desencadenar
reacciones en cadena que incluirían (véase Cuba, Preceptiva e información,
de José Angel Valente, El País de 29 septiembre) un curso básico sobre
el corte de caña y la posibilidad o imposibilidad de que mis manos hayan
tenido callos, le habría respondido que derivaciones tan absurdas sólo
ocurren en La cantante calva, de Ionesco. Reconozco que estaba
equivocado: también pueden ocurrir en las polémicas, sobre todo cuando
uno de los polemistas tiene como objetivo primordial la descalificación
previa del adversario. Si no respondí antes al conocido poeta que acaba
de incorporarse al afinado coro de mis contradictores, fue porque preferí
esperar a que las sucesivas erratas sobre el nombre, la nacionalidad
y profesión de Artigas llegaran por sí mismas a su escueta verdad. Ahora
que por fin sabemos que nuestro héroe no se llamó Miguel, sino José
Gervasio; que no era cubano, sino oriental, y que su profesión tenía
más relación con las artes militares y políticas que con las literarias,
ya es posible encarar las restantes erratas del artículo de marras.
En esta nueva arremetida, el intento descalificador tiene dos matices:
1.¿Quién soy yo, apenas un "autor oriental, domiciliado en la corte"
para amonestar al novelista español Juan Goytisolo, "a propósito de
la inconveniencia de salirse del tema previamente impuesto" ? 2. Según
Valente, yo habría faltado a la verdad cuando, en una carta privada
de 1970, expliqué "cómo tenía callos en las manos a fuerza de cortar
caña en el trabajo voluntario". Se refiere a Cuba, claro. Frente a la
primera descalificación, sólo puedo decir que nunca consideré que el
mero hecho de rectificar una información o de aportar otra nueva arriesgara
ser interpretado como amonestación. Nada más lejos de mi ánimo que propinarle
una lección a Juan Goytisolo. ¿Desde cuándo un escritor tercermundista,
y para colmo sudaca, puede atreverse amonestar a un famoso novelista
del Primer Mundo? Otro poeta español, Antonio Colinas, publicó un artículo:
Presiones sobre el escritor comprometido (El País de 30 de septiembre),
en el que comentaba otra de mis notas, y creo que sus observaciones
no sólo eran pertinentes, sino que enriquecían evidentemente el tema.
Pese a las diferencias por él marcadas, de ninguna manera considero
que me haya amonestado; por el contrario, le agradezco la lúcida atención
que prestó a mis opiniones. La segunda descalificación de Valente me
parece casi surrealista, es muy fácil narrar, con deleite y con sorna,
que una de mis compatriotas le leyó hace catorce años, en Ginebra, una
carta en al que yo hablaba de mis cortes de caña en Cuba y de los callos
de mis manos. El poeta Valente acota que no cree en mis callos; yo,
en cambio, no creo en la existencia de esa presunta carta mía, traída
a cuento nada más que como elemento descalificador, ya que no agregaba
nada a lo que se discutía sobre Lezama o Casey. Jamás he escrito una
carta de ese tenor, entre otras cosas, porque nunca he cortado caña,
ni en Cuba ni en ninguna otra región del orbe. De modo que, poco amigo
Valente, toda su lección, bastante amonestadora por cierto, sobre el
arte del machetero no me sirve de nada, ya que si no corté caña cuando
tenía cincuenta años, menos podría cortarla ahora, a mis asmáticos sesenta
y cuatro. Así que, si usted encuentra algún papel o papelito en que
yo afirme eso que usted tan burlonamente cita, le autorizo a que me
propine sarcasmos aún más inclementes y burdos que los que ya se ha
dignado a consagrarme. Ahora bien, que yo no haya cortado caña no significa
que no haya cumplido, durante mi primera permanencia en Cuba (1968-1971),
tareas agrícolas como forma de trabajo voluntario, en compañía de otros
trabajadores de la Casa de las Américas. Por cierto, que también las
han realizado durante años, y siguen realizándolas, cientos de brigadistas
españoles, domiciliados en España y no en Ginebra. Entiendo que desde
esa ciudad, tan civilizada y confortable, donde Valente residió desde
1958 a 1982, puede resultar extraño, o por lo menos sorprendente, que
un escritor llegue a tener en sus manos callos que no sean los provocados
por la pluma o el bolígrafo. Verdaderamente, no me quita el sueño que
el poeta Valente no crea en mis modestos y prosaicos callos (en la fe
de erratas debería constar que eran más bien ampollas), pero yo sí creo
en ellas, ya que bastante me molestaron cuando me reintegré a mi trabajo
normal en el Centro de Investigaciones Literarias (que dirigí desde
1968 a 1971) y quise escribir nuevamente a máquina, y créame, poco amigo
Valente, que ese episodio (sólo duró dos meses), del que nunca me he
jactado, no significa ninguna vergüenza en mi currículo. Quizá lo que
la "distinguida señora oriental" (no puedo imaginar de quién se trata)
leyó en 1970 no fuera una carta, sino un poema, titulado El surco, en
el que si hago referencia al trabajo voluntario (no al corte de caña)
en el campo cubano. No descarto que mi poesía fuera tan prosaica y tercermundista
que a Valente le pareciera prosa, y en ese caso le pido tardías y retroactivas
excusas por nuestro incorregible subdesarrollo. Quiero señalar que en
ninguno de mis artículos mencioné ni ataqué a Valente, y además que
no fui yo quien inicié el tema de Cuba. Siempre son otros los que lo
proponen, en ejercicio de una obsesión casi incurable. Escriba sobre
filatelia o sobre el Santo Padre, sobre el eclipse del Sol o sobre el
gazpacho, siempre seré increpado sobre Cuba, ese mi irredimible pecado.
Como bien recuerda Valente, soy uruguayo (u oriental), y me decepciona
un poco que el autor de Tres lecciones de tinieblas, tan preocupado
por escritores como Lezama o Casey, que nunca estuvieron en presión
en su país de origen, no haya escrito ni una línea (ojalá alguien pueda
rectificarme) por la libertad de escritores tan orientales como Mauricio
Rosencof (dramaturgo) o Hiber Conteris (narrador y dramaturgo), que
llevan varios años en las durísimas cárceles uruguayas. Pero quizá esas
noticias no llegaban a Ginebra. Por cierto decoro profesional, que todavía
queda en el Tercer Mundo, no voy a referirme al viejo chiste sobre Napoleón
que exhuma Valente, pero sí quiero expresar mi esperanza de que la carta
privada de la viuda de Lezama (correspondencia a la que , por supuesto,
no he tenido acceso) sea un poco más verdadera que mi inexistente, nunca
escrita misiva sobre el corte de caña. Que en la bibliografía de Lezama
Lima no figuren libros publicados entre 1970 y su muerte, acaecida en
1976, no es después de todo tan extraño si se considera que Lezama trabajó
hasta el final de su vida en su segunda y última novela, Oppiano Licario
(publicada póstumamente en Cuba, en 1977) y que año y medio antes de
su muerte escribía: "Continúo trabajando en mi otra novela, que será
como la segunda parte de Paradiso. Se llamará La vuelta de Oppiano Licario".
No necesito recordarle a hombre tan culto como Valente que siempre ha
habido escritores de producción reposada. Si Juan Rulfo lleva casi treinta
años sin publicar libros de narrativa, o si José Hierro hace veinte
que no publica uno de poemas, creo qqueno corresponde culpar de esos
silencios a los sucesivos Gobiernos de México o de España. El propio
Lezama, en la época inmediatamente anterior a la revolución, estuvo
cinco años sin publicar un libro, pero, claro, entonces gobernaba el
demócrata Batista, con el entusiasta visto bueno del Departamento de
Estado, y, en consecuencia, las libertades cubanas no eran motivo de
preocupación por el Mundo Libre. Sobre Calvert Casey (que se suicidó
en Roma en 1969, o sea, cuatro años después de salir de Cuba) Valente
asegura que "éste llegó de Cuba irrevocablemente suicidado". Aquí habría,
tal vez, que refutar a Valente con el verso del propio Valente: "Porque
tú me has matado, dice el muerto". En realidad, a Valente sólo le falta
afirmar que Casey no se suicidó en Cuba porque tenía miedo de que lo
fusilaran. Pero ya que, según Valente, los suicidios tienen tan larga
incubación, conviene recordar que Casey, aunque educado en Cuba, nación
en Baltimore (Estados Unidos) y vivió largamente en este último país
antes de regresar a Cuba en 1960. ¿No cabrá la posibilidad de que haya
salido suicidado de Estado Unidos? Después de todo, un espíritu sensible
puede sufrir incurables lesiones frente al trato que allí soportan negros,
chicanos y ricans. Resumiendo: a mi completa bibliografía lezámica,
a mi afirmación de que Casey no se suicidó en Cuba sino en Roma, a mi
constancia de haber escrito yo mismo un trabajo elogioso sobre Lezama
Lima, Valente me responde con chistes de Napoleón, una carta privada
y otra inexistente, frases fantasmales y la diáfana teoría del suicidio
incubado. Es probable que en el Primer Mundo sea correcto polemizar
así, pero en el vilipendiado Tercer Mundo ese procedimiento sería reputado
como poco serio. Por último, y para tranquilidad de mis replicantes
del pasado, del presente y del futuro, quiero aclarar que éste será
mi último artículo de El País, al menos por un cierto periodo. No puedo
negar que la insistente referencia, directa o indirecta, ambigua o brutal,
a mi condición de extranjero, me trae recuerdos bastante ingratos de
mi propia historia, pretéritos que no quisiera ver repetidos. Cuando
ese elemento descalificador comienza a infiltrarse en las polémicas,
éstas siempre se tiñen de injusticia, y el "espécimen importado" (como
me calificó no hace mucho otro intelectual hispano) llevará siempre
las de perder. También confieso que este autocese me significa una dura
decepción. Primero, porque siempre tuve la osadía de pensar que un latinoamericano
no podía ser un extranjero en España, como no lo fueron en América Latina,
y concretamente en mi país (manes de José Bergamín y Margarita Xirgu),
los españoles durante su doloroso exilio de posguerra, y luego porque
El País es una tribuna que aprecio y que jamás me ha censurado una sola
línea. Lo que más lamento de mi decisión es que inevitablemente me alejaré
de los lectores españoles, que, por distintos medios, tanto me han estimulado
en estos dos años de actividad periodística. Creo, sin embargo, que
podrán comprender que seguir, semana a semana, ocupando el espacio de
El País para rectificar línea a línea los desajustes de información
en que las sucesivas réplicas suelen basar sus tajantes afirmaciones
es algo que a otros puede entretener, pero a mí me fatiga. De todas
maneras, mis artículos seguirán apareciendo en diversos periódicos de
América Latina, o sea, en países donde no soy espécimen importado. Es
obvio que en el mundo intelectual europeo existe una lamentable incomprensión
sobre América Latina. Lo que sucede del otro lado del Atlántico se mide
con rigurosa mentalidad europea, y por eso los errores son tan imperdonables
y profundos. Eso ocurre en la Europa no hispánica y nos duele, pero
nos duele muchísimo más que también estén en esa actitud de intolerancia
y cerrazón buena parte de los intelectuales españoles. España es parte
primordial de nuestra historia, de nuestra tradición, de nuestra cultura,
y los exiliados latinoamericanos nos sentimos conmovidos por la acogida
y la actitud solidaria que nos demuestran a diario otros sectores del
pueblo español. Palabras como sudaca o tercermundista, que tan frecuentemente
aparecen en los medios de comunicación españoles con su inocultable
cuota de menosprecio (todo lo chapucero, soez, delictivo o ineficaz
que sucede en España es unánimemente calificado de tercermundista),
jamás las he escuchado del ciudadano de a pie. Mi ya largo currículo
de exiliado me ha ido enseñando que en ciertos medios intelectuales
y periodísticos difícilmente de le tolera al extranjero (salvo que sea
foreigner) que opine sobre la realidad nacional. Por eso en mis artículos
nunca me he referido a los actuales problemas y actitudes políticas
de España (sobre las cuales tengo, por supuesto, opinión formada), de
modo que nadie me puede acusar de falta de respeto, intromisión indebida
o temeridad de juicio. Pero ahora que connotados intelectuales españoles
me han hecho comprender que después de todo soy un extranjero, y de
segunda, veo que no alcanza con esa discreción. La discreción debe incluir
el silencio, y a esa sutil sugerencia me atendré de hoy en adelante.
Para aspirar a la tolerancia y aun al elogio debería adoptar una actitud
de efusiva comprensión hacia Estados Unidos (Hiroshima y Granada incluidas)
y sobre todo borrarme de la solidaridad con Cuba y Nicaragua. Y eso
no estoy dispuesto a hacerlo. Cada uno tiene sus convicciones, sus normas
y su ética; yo tengo las mías y a ellas me atengo. A esta altura, después
de once años de exilio, deportaciones, amenazas, prohibiciones y excomuniones
varias, no voy a renunciar a un mínimo derecho privado: vivir en paz
conmigo mismo. Benedetti, El País (1984)
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| No sé si alguna vez les ha
pasado a ustedes pero el Jardín Botánico es un parque dormido en el que uno puede sentirse árbol o prójimo siempre y cuando se cumpla un requisito previo. Que la ciudad exista tranquilamente lejos. El secreto es apoyarse digamos en un tronco y oír a través del aire que admite ruidos muertos cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero el Jardín Botánico siempre ha tenido una agradable propensión a los sueños a que los insectos suban por las piernas y la melancolía baje por los brazos hasta que uno cierra los puños y la atrapa. Después de todo el sercreto es mirar hacia arriba y ver cómo las nubes se disputan las copas y ver cómo los nidos se disputan los pájaros. No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes ah pero las parejas que huyen al Botánico ya desciendan de un taxi o bajen de una nube hablan por lo común de temas importantes y se miran fanáticamente a los ojos como si el amor fuera un brevísimo túnel y ellos se contemplaran por dentro de ese amor. Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble (también podría llamarlo almendro o araucaria gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo) hablan y por lo visto las palabras se quedan conmovidas a mirarlos ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos. No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero es lindísimo imaginar qué dicen sobre todo si él muerde una ramita y ella deja un zapato sobre el césped sobre todo si él tiene los huesos tristes y ella quiere sonreír pero no puede. Para mí que el muchacho está diciendo lo que se dice a veces en el Jardín Botánico ayer llegó el otoño el sol de otoño y me sentí feliz como hace mucho qué linda estás te quiero en mi sueño de noche se escuchan las bocinas el viento sobre el mar y sin embargo aquello también es el silencio mirame así te quiero yo trabajo con ganas hago números fichas discuto con cretinos me distraigo y blasfemo dame tu mano ahora ya lo sabés te quiero pienso a veces en Dios bueno no tantas veces no me gusta robar su tiempo y además está lejos y vos estás a mi lado ahora mismo estoy triste estoy triste y te quiero ya pasarán las horas la calle como un río los árboles que ayudan el cielo los amigos y qué suerte te quiero hace mucho era niño hace mucho y qué importa el azar era simple como entras en tus ojos dejame entrar te quiero menos mal que te quiero. No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero puede ocurrir que de pronto uno advierta que en realidad se trata de algo más desolado uno de esos amores de tántalo y azar que Dios no admite porque tiene celos. Fíjense que él acusa con ternura |
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| IMA SANCHÍS Un verso para un solitario... -¡Ay!, yo no sé versos de memoria, ni siquiera míos. -Pues entonces una idea. -A veces leer un libro entrañable ayuda a paliar la soledad, y a veces a que uno se hunda más en ella. Pero está bien intentar llegar al fondo de las cosas. -¿Cuál ha sido ese libro en su caso? -"En busca del tiempo perdido" de Proust. Aprendí francés para leerlo. -Usted creció en una chabola con el tejado de zinc. -Sí, mucha pobreza. Mi padre, que era químico farmacéutico, compró una farmacia a unos amigos que lo estafaron. -¿Fue desgraciado? -Los niños se acomodan a todo. No podía ir a la escuela y aprendí a leer solo. Cuando pude ir, a los 9 años, mi padre me llevó a un colegio alemán. Le fascinaba su rigor científico, pero me vio saludar con el brazo en alto y me sacó rápido. -¿Y su madre cómo era? -Un ama de casa sin estudios, espontánea y llena de energía. Cuando tuvimos problemas económicos hizo ropa para niños y cuando se acabaron hizo muñecos de trapo que regalaba a los pobres. Era muy diferente de mi padre, un universitario, instruido y contenido. Tal vez por eso no se llevaban bien. -¿Eso le marcó? -Fue uno de los problemas de mi infancia, las peleas. Pero yo tenía una relación muy afectuosa con uno y con otro. -¿Qué le ha decepcionado en la vida? -Los políticos. Si hay una frase hecha que tiene vigencia en mi niñez y en mi vejez es esa de que el poder corrompe. -Resuma este siglo que se acaba. -Progreso técnico y científico. Egoísmo y vergonzoso desarrollo de la injusticia social. La globalización política y económica está en boca de todos, pero nadie habla de la globalización de la hipocresía y de la frivolidad. -Somos frívolos e hipócritas. -No somos inocentes, nos dejamos impresionar por esas recetas mundiales. Pero los jóvenes son muy indefensos y absorben toda ese faramalla de violencia, de muerte, de asesinatos y en ellos está el futuro. Seamos responsables. -Usted fue un hombre muy activo en política. Dirigió el movimiento 26 de Marzo. -También eso me decepcionó. Si uno pertenece a un partido tiene que subirse a una tribuna y hablar, y de pronto me encontré defendiendo cosas en las que no creía. -¿Ya no defiende el socialismo? -Su esencia, sí. He seguido escribiendo de política, pero mi opinión, equivocada o no. -Quizá somos demasiado individualistas. -Si uno se enclaustra en el yo conspira contra las relaciones con los demás. Generosidad es abrirse a los otros y es una invitación a que los otros se abran a uno. La relación con el prójimo es la cura de la soledad. -Su soledad ha inventado palabras. -Eso lo aprendí de César Vallejo, quien cuando no encontraba una palabra se la inventaba y eso es bueno para los poetas. -¿Y cuál es su palabra preferida? -Probablemente amor, porque es mi sentimiento preferido. -¿Y qué es el amor? -La cumbre de las relaciones humanas. -Nos pasamos la vida traicionándolo. -Lo desvirtuamos, lo negamos, lo corrompemos. A menudo conspiramos contra nosotros mismos y contra la cuota de felicidad a la que tenemos derecho. Pero nunca hay que achacar la culpa a los demás, somos nosotros los culpables de ese deterioro del amor y por lo tanto de la felicidad. -¿Felicidad? -En mi novela "La tregua" uno de los personajes dice: "La gente pone la felicidad tan alto, tan alto, que la hace inalcanzable". Hay que intentar ser modesto con la felicidad.-¿Qué le ha hecho feliz? -Por ejemplo mi relación de pareja, 53 años casado con la misma mujer. -¿Suerte? -Comprensión. Hay que ponerse en el pellejo del otro para tratar de ver hacia dónde quiere ir y si uno le puede acompañar. -¿Estaban de acuerdo en todo? -Mi mujer nunca compartió mis ideas políticas, pero me ha acompañado en todos los problemas graves: amenazas de muerte, exilios... No era solidaridad política sino humana. Y yo eso lo valoro mucho... Mucho. -¿Ha pasado miedo? -Claro, y ahora sé que lo más valioso del coraje es vencer el miedo. -¿Qué causas ha defendido? -La justicia en América Latina y la lucha contra el imperialismo norteamericano me ha llevado tiempo y páginas. -¿Y se siente derrotado? -Casi diría que la humanidad se siente derrotada. Pero estoy tranquilo con mi conciencia y eso es lo importante. En cambio, no creo que los vencedores estén muy tranquilos con su conciencia. -Igual no tienen. -A todos nos espera la conciencia con sus acusaciones. -Fue usted taquígrafo, cajero, vendedor, librero, periodista, traductor y burócrata... -En todas partes hay algo bueno. Burócrata lo fui muchos años y me ha dado tema para mi literatura. -Déme una sensación... -Uruguay es la única oficina del mundo que alcanzó la categoría de república. ¡Era tan importante que cada familia tuviera su funcionario público! -Me recuerda la tristeza. -La tristeza es la lluvia sobre un tejado de zinc. Entrevista a Mario Benedetti en "La Vanguardia", 18 de octubre de 1999 |
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El Pais, Jueves 15 octubre de 1998 - Nº 895 La persona Saramago |
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Cómo voy a creer / dijo el fulano cómo voy a creer cómo voy a creer / dijo el fulano cómo voy a creer cómo voy a creer / dijo el fulano cómo voy a creer / dijo el fulano |
¿Cómo compaginar ¿cómo acoplar el horror ¿cómo desactivar la lápida ¿será que el hombre es eso? |